Es tiempo de notas en la ventana

Publicado en17/07/2020 Por

Cuando un chico interesante, atractivo y con un magnetismo inmenso te dice “¿Cenamos juntos?” desde la cubierta de su barco mientras sostiene en la mano una copa de vino, tu te sientes impulsada a gritar “Si” a los cuatro vientos. Si además le sumas estar en esta situación de semi restricción social, todavía apetece más el plan.


Pero cómo la idea te flipa pero no quieres asustarle (y menos a un belga con esa sonrisa de oro), en lugar de gritar a pleno pulmón, respondes un gracioso “Sería genial” acompañado de tu mejor sonrisa. Eso es lo que me pasó con Alan, el vecino nuevo y magnético que se ha mudado a mi barrio. No lo conozco mucho pero me cae sinceramente bien.


Llegó en plena pandemia cuando estar en casa no era una de esas cosas placenteras que haces por gusto mientras fuera llueve o el viento te molesta - que por otro lado es una de las sensaciones más reconfortantes del mundo, quedarte en casa cuando fuera está cayendo la mundial. Él llegó desde Bélgica con su casa flotante justo en el momento en el que quedarse en casa era imperativo social. Y claro, cuando vives en un barco, que alguien “atraque” tiene un significado distinto al del resto de los barrios de la ciudad. Alguien nuevo e interesante dentro del radar en plena cuarentena, cuando no hay nada más que hacer que quemarse las pestañas delante del ordenador con el modo teletrabajo activo 24/7/365...ya sabes, aburrimiento total.


¿Entiendes porque mis amigas se pusieron como locas cuando se lo conté? Me pidieron detalles, fotos y se vinieron arriba inventándose hasta cierta parte de ficción entre la visión romántica de una y la “NO” romántica en absoluto de la otra.


- ¿Te imaginas que le mola tanto esta ciudad que se queda aquí para siempre? ¿Eso seria genial para ti? La vida en una casa flotante, con un arquitecto bohemio que viaja por todo el mundo creando edificios y diseños increíbles. ¡Que envidia chica! -me decía Paula.

- No, no me lo imagino - les decía yo viendo por donde iba la videollamada de “¿Y tú qué tal?” qué hacemos cada semana. “Paula estás alucinando. Acaba de mudarse y no se absolutamente nada de él. Podría estar huyendo de su país por terribles atrocidades - le decía yo entre risas - y tu ya me estas embarcando en viajes por todo el mundo cogidos de la mano. A ver centrémonos, acaba de llegar, seguramente no habrá tenido la oportunidad de salir de su casa flotante ni para tomarse un café, ni tampoco habrá tenido la oportunidad de hacer amigos con todo este rollo de la reclusión y lo que menos le apetecerá es que aparezca yo en plan “Hola que tal me aburro en la cuarentena, eres lo único interesante por aquí así que vengo a darte la lata como un gato de esos que se te enreda en las piernas de manera cansina hasta hacerte tropezar”.

- Pero puedes invitarlo a algo en tu casa ¿No? - me decía mi amiga Lucía y ya de paso…


Si te preguntas “de paso qué” te diré que Lucia es muy práctica. Ya sabes, de eso de cuando “me pica, me rasco”. Así sin romanticismos. Ella se ríe porque sabe que es cierto. Lucia la “pragmática”. Ella va por la vida sin sentimentalismos. Tiene una lista de contactos infinitos y jamás la he visto llorar por penas. Es una alma libre e incombustible a la que los dramas sentimentales le dan una pereza enorme. Su manera de ver el mundo es “Lánzate primero, piensatelo después”. Cada mes tiene un nuevo hobby que la mantiene activa y entretenida, siempre la invitan a fiestas geniales (a las que nos vamos con ella) y si no te apunta en esa agenda suya que gobierna su vida para el martes de la semana que viene, ni la llames, no lo intentes, ni te cogerá el teléfono. Ella es así, de esas personas que no pierde el tiempo por cosas “mierder” que dice ella.


Anécdotas del blog Carlakey

- Que sí, que puedo invitarlo - les decía yo - pero en serio, os estais montando una película tremenda por un par de conversaciones casuales de vecindario.

- Chica, eso qué más da. Por algo se empieza. Un rato de charla, una copa con el mar de fondo y un chico interesante. Es en sí mismo, un buen plan. Ya verás luego si la cosa funciona o no - dijo Paula mientras Lucía aplaudía. ¡Ole Paula! La amiga sensata que todas necesitamos tener en nuestra vida me estaba animando al ligoteo con el vecino.


La verdad es que no me importaba tomarme un café con él. Y supongo que los dos nos sentimos muy cómodos aquel dia en la cubierta del barco cuando salimos a disfrutar del atardecer y coincidimos. La cosa es, que desde ese dia ya han pasado un par de semanas. Llegó el desconfinamiento y supongo que Alan ya no está tanto tiempo en su casa (para mi desgracia) ni sale con su maravillosa silla Ara de Pedrali a tomarse una copa de vino al exterior de su casa. Supongo que se irá a conocer la ciudad, a visitar a amigos o a trabajar en alguno de sus diseños. La verdad es que no lo sé.


A ellas no quise decírselo en la videollamada - bastante empuje le estaban dando al “tema del muchacho flamenco” - pero alguna noche he salido con mi maravilloso puff de Fatboy y un estudiadisimo look de andar por casa a tomarme un café/refresco/cerveza/vino en busca de esa coincidencia vecinal con él. Sin embargo, la estrategia no me ha funcionado y aunque he disfrutado de la brisa del mar sentada cómodamente en mi puff, no he conseguido ese encontronazo fortuito tan buscado. Más bien me he descubierto mirando el reloj cuando se iluminaban las luces de su casa, pensando “Que tarde llegas, dear”.


Osea, un desastre. Y es que cada uno vale para lo que vale y lo mío es más improvisar que premeditar con intención y alevosía. Así que cuando ya no me esperaba ninguna cena, café o conversación, voy y descubro una nota pegada en su ventana. Una cartulina blanca en la que con una letra masculina y elegante - como no podía ser de otra manera siendo el un estiloso arquitecto - ponía:

“Yo siento no haberte visto en estos días. Salgo pronto y llego tarde. Sorry. Tenemos una cena pendiente. Hoy a las ocho cena en la cubierta. Yo invito. Espero que te guste el Sushi”.

Al principio no entendía nada. ¿Iba a cenar en su casa? ¿Se presentaría él en la mía? Me encanta el Sushi pero no soy muy de sorpresas. Me asustan más de lo que me emocionan. Así que me asaltaron mil dudas porque jamás había cenado japo con tanto misterio de por medio. Durante un segundo me quedé mirando la cartulina. Escrita con esa letra tan elegante.


La miré fijamente intentando averiguar algo más de lo evidente. Siempre intentando ir un paso más allá, intentando descubrir una intención, un guiño, algo que me permitiera ir un paso por delante. Algo que me permita descubrir una intención por su parte. Qué le voy a hacer, soy así.


Y de repente me di cuenta de un detalle que se me había pasado por alto hasta ese momento. Su firma.


Estaba firmado “El flamenco”.


No supe si reír o llorar. Estaba claro que había escuchado las conversaciones telefónicas con mis amigas en las que hablábamos sobre él. ¡O dios mío, que habría escuchado. Por favor, que no haya sido a Lucía en su formato “ Me pica, me rasco”!.


Nota Mental: No hablar del vecino cuando estás en casa. Es básico de primero de vecindario. La firma iba acompañada de un gracioso dibujo de flamenco.


Desde la distancia no lo veía bien, pero apostaría a que lo había hecho con acuarelas. Se intuía el dibujo de un flamenco rosa en una de esas playas de agua turquesa. Qué estampa tan caribeña. Diréis que es una bobada pero yo que soy de más de una lectura a las cosas ¿Sabes que intui? Que le había dedicado tiempo e interés y eso me hizo sentir genial y de mi boca brotó una sonrisa. Un cartel bonito con un dibujito y ya me ilusiono. Verás cuando se lo cuente a Lucía me llamará boba - seguro. Mientras tanto, me iba directa a mi armario en busca de un vestido mono con el que engalanarme, que no falta nada para las ocho.


Deséame suerte!

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