Conoce a Lluis Porqueras y la colección Funiculí
Cuando pienso en piezas de diseño que me transmiten sencillez y calidez a la vez, inevitablemente me viene a la mente Lluis Porqueras. Descubrir su trabajo fue como toparme con alguien que entiende que la belleza no necesita adornos innecesarios. Él siempre buscó lo esencial, lo auténtico, y eso se refleja a la perfección en la colección Funiculí, una de esas lámparas que parecen haber nacido para acompañarnos en la vida cotidiana, sin pretensiones, pero con muchísima personalidad.
Lluis Porqueras: La vida sencilla de un creador esencial
Lluis Porqueras nació en Barcelona en 1930 y siempre tuvo esa curiosidad innata de quienes disfrutan observando lo simple. A lo largo de su carrera fundó talleres y estudios en los que jugaba con formas ligeras y limpias, alejándose del exceso para quedarse con lo esencial. Su filosofía era clara: quitar todo lo que sobra hasta quedarse solo con lo necesario, y gracias a esa manera de entender el diseño, creó piezas atemporales que hoy siguen siendo tan frescas y actuales como el primer día.
No tengo dudas. En decoración me interesa la esencia misma de los objetos. Descubrir la figura de Lluis Porqueras y una de sus piezas más emblemáticas: la colección Funiculí, fue toda una sorpresa. Me resulta fascinante cómo un diseño nacido a finales de los setenta puede seguir siendo tan actual y tan versátil en nuestros días.
Cuando me acerqué por primera vez a la historia de esta lámpara, entendí que no se trataba simplemente de un objeto funcional, sino de una propuesta cargada de sensibilidad. En la Funiculí se respira una filosofía de vida: simplificar hasta encontrar lo esencial, aquello que verdaderamente aporta valor y bienestar al espacio.
El origen de una pieza icónica
En 1979, Lluis Porqueras creó la Funiculí con una idea muy clara: despojar a la lámpara de todo lo superfluo. No pretendía diseñar algo pasajero ni vinculado a las modas, sino un objeto atemporal, útil y bello en su sencillez.
Durante décadas permaneció como un referente de minimalismo discreto, hasta que en 2013 la firma catalana Marset decidió reeditarla, reconociendo la vigencia de su planteamiento.
El éxito de esta reedición confirmó que el diseño bien pensado trasciende generaciones. Hoy, la Funiculí no solo se mantiene como un icono, sino que se ha expandido con nuevas propuestas cromáticas y sutiles mejoras técnicas, sin perder su esencia original.
Funcionalidad que trasciende
Uno de los aspectos que más valoro de esta lámpara es su capacidad de adaptarse a distintas necesidades. Gracias a un mecanismo sencillo de doble abrazadera, la altura de la pantalla puede ajustarse con facilidad. Además, la pieza permite una rotación de 360 grados, lo que ofrece una movilidad excepcional para dirigir la luz según el momento.
Esa versatilidad convierte a la Funiculí en una luminaria capaz de ofrecer tanto una atmósfera cálida y ambiental como una iluminación directa cuando se requiere. Ligera y discreta, apenas ocupa espacio y mantiene siempre una presencia elegante.
La visión de Lluis Porqueras
Cuando leo las palabras del propio Porqueras, comprendo todavía mejor el alma de la Funiculí. Él defendía que la luz debía acompañar con serenidad, crear contrastes y no invadir el hogar de manera agresiva.
Consideraba que las lámparas debían pasar inadvertidas cuando estaban apagadas y brillar únicamente al encenderse, como luciérnagas que iluminan lo necesario sin imponerse.
Ese planteamiento encaja perfectamente con la idea de refugio que buscamos en nuestras casas. Un espacio íntimo, protegido del exterior, donde la iluminación cumple un papel central en la creación de bienestar.
Nuevos colores, nuevas sensaciones
Lo que me resulta más interesante de la evolución reciente de la Funiculí es la incorporación de tonalidades intensas como el verde, el terracota y el mostaza. Estos colores revitalizan el diseño y lo conectan con los ambientes contemporáneos sin restarle autenticidad.
Los tonos originales —gris musgo, negro y blanco roto— ya ofrecían una paleta sobria y versátil. Sin embargo, las nuevas opciones añaden frescura, carácter y una energía que resalta las formas simples de la lámpara. Es la demostración de que el color también puede ser esencial en un objeto concebido desde la sobriedad.
Un nombre con raíces
El término Funiculí no solo recuerda a la famosa canción italiana, también remite a un elemento característico de Barcelona: el funicular. Ese mecanismo de sube y baja inspiró la denominación de la lámpara, ya que su pantalla asciende y desciende con un sistema similar. Hay en este gesto un guiño poético que conecta la función con el nombre y que otorga un carácter muy singular a la pieza.
La reedición y su vigencia
Marset presentó la nueva versión de la Funiculí en la feria Light & Building de 2012, y desde entonces se ha consolidado en el mercado internacional. El equipo creativo dirigido por Joan Gaspar introdujo algunos ajustes, como la base con goma protectora que evita dañar el suelo y aporta un toque desenfadado. Sin embargo, el espíritu de Porqueras permanece intacto: simplicidad, movilidad y discreción.
Me impresiona comprobar cómo una lámpara diseñada hace más de cuarenta años sigue encajando en cualquier interior actual. Es la confirmación de que el buen diseño resiste el paso del tiempo y se adapta a nuevas formas de habitar los espacios.
Al conocer a Lluis Porqueras y la colección Funiculí, entiendo que no hablamos solo de un objeto de iluminación, sino de una declaración de principios. Se trata de una manera de mirar el diseño como herramienta para mejorar la vida diaria, para dar belleza sin imponer, para crear armonía sin recurrir a lo accesorio.
En un mundo donde lo efímero suele dominar, la Funiculí se mantiene como un recordatorio de que la simplicidad bien concebida es, en realidad, lo más duradero.





